| RELATOS
ERÓTICOS PLACER PRIVADO |
Obediente
y sumisa
Al principio de nuestra relación, los encuentros
pasionales no eran nada especial. Estaban muy bien pero no salían
de la norma. Las experiencias diferentes, interesantes y por sobre
todo excitantes, comenzaron a surgir con el tiempo, a medida que
la confianza que nos teníamos se iba incrementando.
A mi entender, todo cambió cuando comenzó
a susurrarme al oído las cosas que me haría mientras
acariciaba dulcemente todo mi cuerpo. Me decía cosas como
que me iba a tocar las tetas y la concha muy despacio y con cariño
hasta que estuviera bien mojada, que yo debería mamarle la
verga y que luego de hacerme desearla con todas mis ganas tal vez,
y solo tal vez iba a cogerme. Eso me producía una sensación
extraña, mezcla de deseo y frustración. No me gustaba
la idea de que existiera la posibilidad de no llegar a mi merecido
orgasmo pero sabía que si me esmeraba en cumplir sus órdenes
adecuadamente obtendría mi premio la mayoría de las
veces.
Nunca antes me habían hablado en la cama
y al principio lo único que lograba al hacerlo era desconcentrarme;
pero con el tiempo sus palabras ya no me impresionaban sino que
me gustaban. Me excitaba de sobremanera escuchar su voz en mi oído,
al punto que llegué a tener intensos orgasmos solo con oírlo
hablarme.
Sus palabras eran simplemente una preparación.
Al decirme lo que me iba a hacer tenia la oportunidad de observar
mi reacción a las ideas que sugería. Si me excitaba
y gemía estaba aceptando sus propuestas; si callaba era porque
aún no estaba preparada para entregarme. Así fue descubriendo
mis preferencias sexuales, y así también me enseñó
a cambiar mis gustos y logró que comenzara a desear las cosas
que él quería que hiciera.
Nadie sabe tocarme como lo hacía él.
Llegó a conocer mi cuerpo como si fuera el suyo, sabía
perfectamente por donde empezar y hasta donde llegar en cada sesión,
cada una un poco más intensa que la anterior.
Al principio las únicas herramientas en
juego eran nuestros cuerpos, pero con el tiempo todo tipo de juguetes
sexuales y prendas eróticas comenzaron a tomar un lugar en
nuestras vidas. Dedicábamos a nosotros mismos todos y cada
uno de los fines de semana. Pasábamos juntos de viernes a
domingo, cogiendo sin parar, disfrutando de nuestros cuerpos y de
las sensaciones nuevas que descubríamos en cada ocasión.
Una noche, tomé la iniciativa de vestirme
de un modo diferente, con ropa interior que había comprado
en una tienda de lencería. Llevaba un portaligas rojo, con
sus respectivas medias y zapatos de tacón. Un corpiño
haciendo juego realzaba mis tetas, haciéndolas irresistibles
para él. Mi pelo negro y lacio estaba sujeto por una bandana
color carmín. Mis labios, pintados a tono, daban el toque
final a mi atuendo.
Quedó atónito cuando me vio, realmente
no esperaba ver esa imagen cuando salí y me aparecí
frente a él con la sorpresa, pero menos esperaba yo lo que
pasaría durante el resto de la noche. A la luz de las velas,
una música suave y dos vasos de whisky aguardaban en el cuarto,
sobre una bandeja en la cama. Bebimos el whisky mientras hablábamos
por unos minutos. Sin quitarme los ojos de encima, me pidió
que me atara el pelo en una cola de caballo y me acostara en la
cama con los ojos cerrados. No había cenado esa noche y el
alcohol hizo sus efectos casi de inmediato. Decidí hacerle
caso y me acosté boca a arriba en la cama luego de recoger
mi pelo como me indicó.
Él había abandonado el cuarto pero
sentí sus pasos al volver. Me tensé un poco al sentir
el calor de su cuerpo que se acercaba al mío lentamente.
Me pidió que sin abrir los ojos levantara un poco la cabeza,
y usó mi propia bandana para vendarme los ojos. Me dejó
en la oscuridad total. Con su voz suave me susurró al oído
que esa noche iba a experimentar muchas cosas nuevas.
- Vas a hacer todo lo que yo te diga esta noche?
- Sí
le dije, sin saber bien en lo
que me estaba metiendo.
Sus palabras me asustaban a veces, pero me sentía
segura con él. Además, ansiaba esas palabras como
a nada en el mundo. Desde entonces, ya no me pedía que hiciera
lo que me dijera, simplemente me daba órdenes. Órdenes
que debía cumplir por haber accedido a esa simple pregunta
que jamás pensé que iba tan en serio.
Me obligó a sentarme en la cama y me quitó
el corpiño y luego me volvió a acostar pero no tan
dulcemente como solía tratarme. Lo hizo con fuerza, más
que dejarme caer, me dio un fuerte empujón. Yo estaba un
poco sobresaltada pero no me preocupó mucho. Una vez acostada
me empezó a chupar las tetas y yo casi en seguida comencé
a gemir de placer. Mis pezones son la parte más sensible
de mi cuerpo, y él lo sabía. Después de un
rato noté como su boca se alejaba de ahí y sentí
un dolor intenso en uno de mis pezones. Grité casi involuntariamente
y él se acercó a mí sólo para decir:
- Shhhhh, no quiero oírte gemir hoy, no
quiero que hagas ni un solo ruido, o te voy a tener que castigar.
- Ah si? Pregunté
. Y qué me
vas a hacer?
- Te dije que te callaras. Ya vas a ver lo que
te va a pasar por desobedecer.
No entendía muy bien a qué se refería
pero pronto lo averiguaría. Puso otra pinza en mi otro pezón
y tuve que hacer un esfuerzo muy grande para no emitir sonido. Mientras
hacía esto me acariciaba las piernas pero no llegaba a tocarme
la concha. Las pinzas me causaban dolor, pero poco a poco esa sensación
se fue desvaneciendo y dio paso a otra hasta el momento desconocida
para mí. Era presa de olas de placer que me invadían
haciendo que mi cuerpo se contorsionara para suplir mi necesidad
de expresarme a través de gemidos. Sentía como mi
concha empezaba a mojarse
Mientras me acariciaba suavemente las mejillas
me preguntó: Te gusta puta?
Era la primera vez que me decía puta, y
me sentí un poco extraña al escucharlo pero como no
podía hablar, lo único que hice fue mover mi cabeza
en signo de afirmación. Siguió acariciando mi rostro
suavemente y yo me entregué al placer.
Muy calmada dejé de moverme y disfrutaba
de la sensación del dolor en los pezones y de sus caricias.
De repente alejó su mano de mi cara y me dio una suave bofetada
que no me dolió, pero me sorprendió. Acababa de entender
en qué iba a consistir mi castigo y todavía podía
impedirlo si decía algo. Pero estaba tan excitada que no
dije nada y simplemente seguí concentrada en las sensaciones
placenteras. Intercaladas con suaves caricias, sus bofetadas eran
cada vez más fuertes y en un momento ya no pude aguantarme
sin hacer ruido.
Sin embargo, en lugar de gritar o quejarme me encontré
gimiendo incontroladamente. De pronto dejó de pegarme y me
tapó la boca con su mano.
- Te gusta que te pegue, puta?
En ese momento me di cuenta de que estaba gimiendo
de placer cuando el me daba esas bofetadas pero no quería
aceptar que me gustaba así que le dije que no.
- Me estás mintiendo, porqué gemís
si no te gusta eh?
- No sé, le dije.
- Si, sabés, y quiero que me lo digas. Gemís
porque sos una puta y te encanta que te pegue, verdad?
Le volví a decir que no. Eso me costó
la bofetada más fuerte que me había dado hasta el
momento.
- Bueno, muy bien, hagamos otra cosa entonces...
Todavía con los ojos vendados, me levantó
de la cama y me hizo arrodillarme en el piso, mientras él
estaba sentado al borde de la cama. Tirándome del pelo guió
mi boca hacia su pija bien dura y me dijo que se la chupara. Yo
comencé a chuparla despacio pero eso no le gustó.
Unos instantes más tarde él se encargaba de mover
mi cabeza a su agrado, haciéndome chupársela rápidamente.
Luego de un rato, cuando notó que yo estaba suficientemente
excitada y deseando su pija más que a nada alejó mi
cara un poco y comenzó a pegarme con la pija sin dejar que
yo la atrapara con mi boca. Todos mis intentos eran en vano, no
importaba cuánto lo intentara, era imposible que volviera
a permitirme chuparla.
- Querés chuparla no? puta
- Si quiero
- Pero te portaste mal, porque no hiciste lo que
yo te dije, a pesar de que prometiste que lo harías, así
que te tengo que castigar...
Otra vez sus palabras me calentaban, y era fácil
para él darse cuenta porque no podía evitar gemir
cuando lo escuchaba hablarme así. Me levantó de mi
posición y me colocó boca abajo sobre la cama con
las piernas aún sobre el piso dejando mi cola expuesta. Me
sacó la tanga roja que tenía puesta pero me dejó
el portaligas con las medias y comenzó a chuparme el culo
mientras me tocaba la concha.
- Qué mojada estás...
Lo estaba de hecho, sentía mis flujos calientes
recorriendo mis muslos y eso me excitaba aún más.
De repente alejó su boca de mi ano y un dedo tomó
su lugar, lo introdujo fácilmente porque yo estaba tan excitada
que se había dilatado mucho.
- No hagas eso, por favor le pedí
- Yo te hago lo que yo quiero, vos accediste
Y a su respuesta siguió una serie de nalgadas,
mucho más intensa que las cachetadas que había recibido
hace un rato. No habíamos probado el sexo anal y la verdad
que me asustaba un poco, pero el negarme no me sirvió de
nada. Volvió a introducir un dedo, y luego dos. Al cabo de
unos minutos, la excitación que tenía no me dejaba
pensar en otra cosa, tener su pija dentro mío era todo lo
que quería. Por supuesto que no sería tan sencillo
-Abrí la boca me dijo - mientras estaba
aún acostada en la cama quiero que chupes esto, y
quiero que lo chupes como si fuera mi pija, con muchas ganas.
Mis ojos seguían vendados así que
no sabía de qué estaba hablando pero apenas terminó
de pronunciar esas palabras un vibrador me llenaba la boca y yo
estaba chupándolo como si fuera su pija. Con mis tres agujeros
llenos estaba a punto de tener un orgasmo cuando nuevamente mis
gemidos me delataron y entonces, él retiró sus manos
de mi ano y mi concha.
Volvió a colocarme en la posición
anterior, aunque esta vez en cuclillas pero aún chupando
su pija. Debajo mío estaba el vibrador, encendido, y la punta
masajeaba mi ano, acariciándolo y haciéndome desear
tenerlo adentro. Justo cuando me disponía a dejarlo entrar
me dijo:
- Cada vez que ese vibrador entre un poco más
adentro tuyo, te voy a pegar.
Él sabía perfectamente que no podría
evitarlo, le pedí que no me hiciera eso pero no me escuchó.
Me metió su pija en mi boca y yo comencé a bajar sobre
el vibrador a pesar de lo mucho que intenté no hacerlo. Guiaba
mi cabeza tomándome del pelo nuevamente y la retiraba de
a ratos para abofetearme por haberme metido el vibrador adentro.
A veces me pegaba también con su pija. Así estaba
yo, tenía esa falsa pija dentro mío, hasta el fondo,
y la suya en mi boca, llenándome de placer. Con la mano que
tenía libre acariciaba mis tetas y en un momento, la excitación
fue demasiada y ya no pude aguantarme. Gritando llegué al
orgasmo más placentero que había tenido en mi vida
y mis gritos le provocaron un orgasmo a él que yo tragué
por completo.
Nuestras noches cambiaron desde ese día,
y cada vez se hicieron más y más intensas.
VOLVER
AL INDICE
|